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Huesos de cristal

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29.07.11 - GINÉS ALCANTARA
Huesos de cristal

:: ILUSTRACIÓN: JAVIER MUÑOZ

AUTOR: Ginés Alcántara. Murcia. Informático.Miembro del Taller de Escritura Creativa coordinado por Lola L. Mondéjar. Ganador del primer certamen internacional de cuentos del I.E.S. Ventura Morón, de Algeciras. Reconoce que escribe porque le gusta, casi por placer.

Le practicaron dos incisiones en los omóplatos y le injertaron fragmentos minúsculos de las membranas de la Greta cubana. Las heridas cicatrizaron y el niño, frágil y quebradizo, con las extremidades a menudo entablilladas, comenzó a mejorar. Con el tiempo, la dureza cristalina de sus huesos se reblandeció y su esqueleto acabó por resistir con suficiente flexibilidad las embestidas de la vida, hasta que olvidó su enfermedad. Para aquella gente fue el poder del santero y la magia del Orisha Babaluaye. Yo, con el resultado de varios análisis en la mano, comprendí que la invasión externa se había multiplicado por escisión, sustituyendo las frágiles células óseas por las de la mariposa, mucho más elásticas. Supongo que fue un capricho de la naturaleza, el caso es que no supe qué hacer con el asunto.

Descubrí el fenómeno por casualidad durante un estudio de campo. Soy antropólogo.

A ella la conocí meses después en el DF, en una conferencia a la que vino desde Guanajuato. Allí cursaba la prepa y escribía con pasión cuentos extrañísimos que más adelante tuve la oportunidad de leer. Una adolescente despierta que después de la conferencia me abordó y me preguntó extremos muy concretos de mis investigaciones. Alcanzamos cierto grado de confianza y llegó a contarme que tenía los huesos de cristal, una enfermedad incurable que recortaba de forma dramática su calidad de vida. Sin embargo, sufría con un optimismo insultante ¿casi inhumano? las disminuidas posibilidades de sus movimientos: ni bici, ni vóleibol, ni carreras, ni saltos, ni zarandeos, ni siquiera escarceos amorosos. Un mal tropezón o un abrazo apasionado la podían mantener en cama varios meses.

Ahora que la conozco mejor me pregunto si rescataba ese júbilo de las inmersiones que hacía en sus mundos interiores, exuberantes, de los que siempre salía ilesa, renovada y nutrida de ideas para sus escritos. Lo que resultaba más curioso era que me animara a mí cada vez que la miraba con tristeza, cuando era ella la que siempre iba vendada con algún hueso quebrado.

Le hice algunas visitas en Guanajuato, cuando me movía por la zona, y un día le hablé del experimento del niño y la mariposa. Su entusiasmo me desconcertó, no esperaba una reacción tan vehemente. Me lo planteé y pensé que si no funcionaba nos quedaríamos igual, a lo sumo con una infección. Insistió tanto que conseguí que un amigo mío cirujano, inicialmente escéptico y poco receptivo al que tuve que explicar media docena de veces el proceso que me contó el santero, acabara ayudándonos y se olvidara de sus escrúpulos metiéndole mil euros en el bolsillo.

Después de la intervención los días pasaron sin que sucediera nada. Incluso un par de semanas más tarde se le astilló la clavícula cuando Tontito, su perro, grande como un tigre, se alzó entusiasmado sobre sus cuartos traseros y apoyó las patas en sus hombros para darle un lametón en la cara.

Las incisiones de la espalda terminaron por curarse. Todo indicaba que el injerto había fracasado. Su evolución no tenía nada que ver con lo que le había sucedido al niño indígena. ¿Porque nosotros no creíamos en los Orishas?, se me ocurrió tontamente. Por suerte tampoco se habían presentado infecciones, así que nos quedamos como al principio. Eso pensé, pero no fue así para ella: por primera vez la vi desanimada y perdida, como si se sintiera incapaz de aceptar su suerte.

Unas semanas después comenzó a sentir picazón en los cortes de la espalda. Me lo contó por teléfono, pero yo andaba esos días por el norte del país y no pude desplazarme. El asunto fue a más y aunque el viaje era largo, me sentía tan responsable que volé hasta Guanajuato en cuanto me fue posible.

Cuando la examiné pude apreciar los bultos. Preocupado, estuve observándola algo más de una semana sin que la cosa fuera a mejor. Al contrario, cada día era más patente la inflamación. Acudimos de nuevo a mi amigo el cirujano. Cuando cortó la epidermis brotaron unas membranas arrugadas. Las desplegó con las pinzas y dijo que había que cortar aquello y curar las heridas. Yo estaba desconcertado. Todo quedó resuelto cuando ella decidió que, puesto que no le dolía, se dejaran los cortes abiertos durante unos días a ver qué pasaba.

Unos meses después, su fragilidad se había transformado en ligereza, apenas pesaba unos kilos. Las alas le habían ido creciendo de manera ostensible, pero ella había conseguido plegarlas a voluntad y hacerlas invisibles bajo la ropa.

La primera vez que la vi volar, lloré.

 
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